Mes: enero 2018

Carlos Pérez Merinero contra “casi” todo el mundo

Entrevista de nuestro compañero David G. Panadero en 2006 al escritor y guionista cinematográfico Carlos Pérez Merinero. Antihéroes, opiniones y memoria oral de un escritor irrepetible empeñado en ser él mismo, le pese a quien le pese.

Nibiru: de lo soñado a lo escrito

 

 

La fantasía ha sido siempre la médula ósea del arte narrativo, uno de los resortes más profundos, quizá el mayor pretexto (junto a la verdad) que puede llevar a alguien a desear contar una historia. Desde la antigüedad, lo fabuloso ha sabido rodearse de un nutrido grupo de seguidores, y su influencia sigue siendo igual de fuerte hoy en día. Un simple vistazo a la cartelera de los cines basta para constatar esta todopoderosa (y mercantilizada) presencia. Pero, si bien es cierto que la fantasía —puede que por su conexión directa con el mundo de los sueños— habla todos los idiomas artísticos habidos y por haber, es en la literatura donde encontró su vehículo primitivo más poderoso. En ella, desde los pliegos arquetípicos de la mitología, se paseó por todo tipo de terrores góticos, viajó hacia los refinados espacios de Lord Dunsany, a la fantasía antinormanda de J. R. R. Tolkien, a nuevos rincones en los que se vistió de una ciencia especulativa que supo llevarnos a la Luna en cuatro días, o imaginar la conquista de nuestro planeta por una horda de trípodes marcianos. Creció, maduró, se dignificó. Podemos decir que la literatura fantástica tomó la fantasmagoría desmadejada de antaño y supo empacarla en una fórmula sofisticada y bien definida, con voz propia, que fue servida luego en bandeja de plata a los devenires artísticos de la modernidad. Ediciones Vernacci no podía ignorar este milagro primigenio y su línea Nibiru será la encargada de explorarlo: cuento de hadas, ciencia ficción…Si pudo soñarse, pudo escribirse, si pudo escribirse, podremos encontrarlo.

 

 

Puño Gris: lo que nos trajo Dupin

 

 

Es complicado estimar cuándo dio comienzo el estilo literario que conocemos como “policiaco”, aunque sí podemos aventurar que sus bases más populares fueron acuñadas por un triunvirato de autores que vieron en los sucesos recogidos por la prensa de su época —finales del siglo XIX y principios del XX—, el caldo de cultivo perfecto para la creación de un nuevo tipo de ficción, nuevo al menos en lo referente a su concepción. Edgard Allan Poe, Arthur Conan Doyle y Agatha Cristie abrieron la puerta a un universo de investigadores privados, enigmas, villanos y escenarios llenos de peligros. También abrieron camino a toda una horda de autores que a principios del siglo XX supieron dejar en la fórmula original su propia impronta, en algunos casos revestida de cierta sofisticación que nada o poco tenía que ver ya con el folletín detectivesco que había venido entreteniendo a los lectores hasta entonces. Esta hibridación fue más allá de la novela negra (cuyos personajes suelen ser moralmente más ambiguos que los del perfecto y maniqueo relato policial) y tomó múltiples direcciones. Ahora que los perdedores tenían voz, que un escenario podía ser tan imperfecto como la vida misma, las posibilidades narrativas se multiplicaron; en pleno auge del pulp, el idioma noir —simple, directo, mundano, realista— alimentó distintos subgéneros, como el hardboyled, pero fue también algunos pasos fue más allá y entró de lleno en géneros como el misterio, el terror o incluso la ciencia ficción. No es difícil percibir su huella en la obra de autores como Lovecraft, Howard o Hodgson, así como en multitud de autores actuales como King o Ketchum. La línea Puño Gris, desea explorar esta amplia tela de araña que comenzara a tejer Dupin en la ya mítica Rue Morgue, y que a día de hoy continúa atrapando enormes y valiosas presas que deben ser conocidas. Tendremos pasado, tendremos futuro, tendremos noir, terror y misterio. Está permito fumar, y no necesariamente en pipa.

 

Completar un círculo: Crear una editorial

¿Cuándo nos conocimos?

 Vernacci es un nombre que comenzó a sonar por primera vez dentro de mi cabeza en el año 2008. Por aquel entonces apenas era el nombre bosquejado de un personaje perteneciente a una novela que estaba escribiendo; vomitando sería lo más correcto, porque aquella experiencia, que asocio a días de desconcierto y cierta oscuridad anímica, respondió más a una pulsión liberadora que a un proceso de escritura controlado. Aquel personaje recién llegado tomó las riendas de su propio nombre, de mi imaginación, y me narró sus extrañas aventuras mientras yo me balanceaba durante horas en un viejo columpio, cigarro en mano; o quizá fuese yo quien le narrase mi aventura mientras él filosofaba en su despacho salmanquino, rodeado de libros, discos de ópera y un intenso olor a tabaco curado. Quién sabe. Lo cierto es que aquellas charlas privadas con el profesor Vernacci –porque es profesor– dieron su fruto. En poco tiempo, la novela terminó de escribirse y tras posteriores correcciones y lecturas, relecturas y más correcciones, Viajeros del Picoteórico, como se llamó aquella crónica de una amistad invisible pero tangible, terminó guardada en un oscuro cajón. Algunos años después, sin embargo, saltó por la ventana y echó a correr con una preciosa encuadernación del color de las nubes. Fue un viaje modesto, aunque dejó tras de sí las huellas suficientes para ser recordado. Una de estas huellas es el magnífico complemento creativo que supuso la participación del pintor e ilustrador Antonio Hernández durante el par de meses que preparamos el libro para su publicación. Su talento consiguió que el resultado final superase el que las letras por sí solas merecían, pero también se hizo notar a niveles que trascendieron el proyecto. No era la primera vez que conversaba con Antonio, ya que además de amigo es pariente cercano, pero sí fue la primera vez que entablamos cierta comunión creativa que siguió retroalimentándose hasta el día de hoy y que nos ha conducido a toda clase de proyectos creativos, muchos de los cuales nada tienen que ver con el medio que nos permitió colaborar juntos por primera vez. Ahora, hemos decidido cerrar el círculo que empezamos con Viajeros del Picoteórico y dar forma a nuestro proyecto más ambicioso –y lógico, teniendo en cuenta nuestros inicios– hasta la fecha: una editorial. Como voraces lectores, nuestra imaginación ha perfilado innumerables planes para la preservación de antiguos títulos descatalogados o maltratados por las caprichosas circunstancias del mundo editorial, para la divulgación de nuevas obras y su armoniosa convivencia con lo viejo; se ha recreado con el intenso y fascinante proceso que convierte un manuscrito en libro, y nos ha retado –tentado– hasta el final. El viejo profesor ha vuelto a romper su silencio, su nombre se impone nuevamente y Ediciones Vernacci da el primer paso para existir.

 

Rafael Lindem