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Dissectionis II: Reina en el mundo de las pesadillas, de Mar Goizueta.

Reina en el mundo de las pesadillas, una fantasía tan atemporal como adimensional.

Mientras trabajábamos en la novela Zombi, éramos conscientes de la necesidad de un segundo título que contrastara con la oscuridad mórbida y provocadora de Juan Díaz Olmedo. Este contraste nos daría la dimensión apropiada en nuestro primer asalto como editorial.

  Reina en el mundo de las pesadillas era el título perfecto, y su existencia ya nos había rondado mucho antes de la formalización de Ediciones Vernacci; era una vieja conocida a la que podíamos tutear y con la que nos sentíamos cómodos. Serviría, además, para asentar el estilo de nuestra colección Nibiru, orientada a la literatura de fantasía y ciencia ficción. Las diferencias con su compañero de batalla eran evidentes: si Juan Díaz Olmedo ya llevaba algún tiempo publicando y metido hasta el cuello en los difíciles “lodazales” de la edición, Mar Goizueta se enfrentaba a la culminación de su primera obra, con todo lo que esto significa a nivel psicológico y estilístico. Éramos conscientes también de la naturaleza comercial del contenido, alejado de la filosofía exclusiva y artesanal de Ediciones Vernacci, y más cercana al estándar mercantil que impera hoy en día, y que  antepone una tirada de mayor calibre a un trabajo más minucioso pero pequeño en números.

  Su obra, sin embargo, contenía (y contiene) el suficiente poderío per se para merecer un trabajo de edición, aun a sabiendas de que su permanencia en nuestro catálogo podría ser algo fugaz por su tendencia natural hacia escenarios más competitivos. Mar Goizueta colaboró estrechamente en las diferentes correcciones a que fue sometido el texto, e incluso señaló al ilustrador Jorge del Oro como el artista ideal para reflejar el aspecto que debía tener su mundo de fantasía y mujeres poderosas. Cuando todos estuvimos contentos con el texto y las ilustraciones, Andrei Martinez Durán, que ya se había encargado de rematar las correcciones, maquetó el trabajo. Los ejemplares de prueba con Artes gráficas Navagraf nos dieron la razón, y los posteriores experimentos de color en el taller de Ediciones Vernacci terminaron de reforzar esta opinión: teníamos un primer Nibiru perfecto.

  Si Zombi luce el canto negro de la desesperanza y la violencia de la colección Puño sucio, Reina en el mundo de las pesadillas luce cantos verde marino sobre una cubierta de color violeta (mi color favorito), que resumen a la perfección el contenido fantástico-científico de la línea Nibiru. Además, estábamos decididos a darle un tratamiento diferencial en su promoción, lo que nos llevó a contactar con el cineasta y novelista Juanra Fernández y su Escuela de Cine de Cuenca para proponerles la creación de un booktrailer con tintes cinematográficos. El resultado de todo este esfuerzo en equipo está ahí, puede leerse, verse y palparse, y nos llena de un profundo orgullo.

  Si queréis participar de esta mágica experiencia, dadle una oportunidad a Reina en el mundo de las pesadillas (y a su autora) allí donde las veáis, allí donde estén. No os arrepentiréis.

Dissectionis I: Zombi, de Juan Díaz Olmedo

Vergessen Grab es Jezabel.

Para una editorial su primer libro es siempre algo más que un libro. En este proyecto primerizo se dan lugar todos los tropiezos que puedan darse y más (muchos más). También, la divina sensación de estar concretando algo que ha sido planteado y replanteado docenas de veces antes sobre una mesa y que, a falta de no tener aún un cuerpo tangible, continúa pavoneándose ante nosotros como una suerte de animal mitológico. En nuestro caso éramos conscientes de que tanto la percha como la etología del espécimen que teníamos entre manos iban a definir la puesta en escena de nuestra editorial, y esto, precisamente esto, era posiblemente lo que más claro teníamos.

     Zombi, de Juan Díaz Olmedo, llevaba más tiempo que Vernacci en las librerías y su camino no había sido tampoco un dechado de suerte. Las advertencias no se hicieron esperar: un título que contaba ya con una edición reciente, eso que algunos llaman un cartucho quemado; un título cuya edición digital, en manos de otro sello editorial, conviviría con nuestro trabajo; un título que había pasado de puntillas ante el público sin armar demasiado alboroto, a pesar de las buenas impresiones que había cosechado. ¿Por qué nuestro primer libro iba a ser éste? ¿Por qué no tomar un camino menos contaminado?

     Son varios los motivos que explican este movimiento. El primero, y más justo, se basa en la indiscutible calidad literaria de la novela. Zombi es uno de esos clásicos no reconocidos que deambulan cargados de bombas por el mundo, listos para explotar en cualquier momento, puede que en un futuro más allá de nuestras posibilidades, puede que mañana mismo. La prosa de Olmedo es el guante perfecto para esta garra agresiva y desesperanzada. Su habilidad para mostrar escenarios sórdidos y cargados de dramatismo rivaliza con la construcción de unos personajes que, pese a formar parte del desafortunado inmueble, encierran unas ganas de vivir poco habituales en otras criaturas literarias. Sí, aquella novela debía ser nuestra, sobre todo tras saber que otros dos títulos (esta vez totalmente inéditos) completaban una trilogía que he tenido el placer de conocer y que, doy fe, querréis leer. Después había otros motivos, como el juego estético que nos ofrecía la historia, un verdadero caramelo para nuestra imaginación visual; o su propia condición de libro maldito, tan propia de Vernacci y la corte de malditos que la conforman.

     Se sumaron a esta nueva puesta en escena de Zombi, el novelista y cineasta Juanra Fernández, autor del prólogo; la artista y modelo Vergessen Grab, que personificó en la portada a la protagonista de la novela, Jezabel; Nieves Guijarro Briones (directora además de la línea Puño sucio, a la que pertenece el título) y Neki Valholl, que ayudaron en la realización del booktrailer, así como Cristina Jassogne y Mandy Lange que prestaron sus voces para el mismo. Tampoco puedo olvidarme de la gran labor de Artes Gráficas Navagraf SA, sin cuyo talento y buen hacer nuestro bello animal de cantos negros sería bastante menos bello.

Un libro, en el peor de los casos, debe morir de viejo


Ediciones Vernacci no nació para competir con sus compañeras del panorama indie. Enfrentar un ritmo de novedades de cinco o seis títulos cada cuatro meses no está en nuestra naturaleza. Mucho menos echarlos a pelear con un margen angustiosamente estrecho entre unos y otros, para sepultar luego al vencedor de la camada bajo una nueva remesa de novedades. Tampoco nos caracterizamos por bombardear diariamente las redes con publicidad, ni por organizar eventos cada dos por tres. Sabemos que es poco usual, y hasta contraproducente, pero también lo es aportar un tratamiento artesanal al producto, dedicarle tiempo y trabajo extra a cada ejemplar, no escatimar en gastos y hacer todo lo posible porque el título, sea un éxito o no, esté en las librerías  como pensamos que debe estar.

     Sabemos que nuestra forma de proceder ha sido motivo de sorpresa en algunos círculos del panorama editorial, e incluso de mofa, pero el tiempo asienta, y lo que ayer parecían excentricidades o el producto de una locura kamikaze, hoy forma parte de nuestra marca (tal vez excéntrica, loca y kamikaze). Hace poco he podido leer en algunas entrevistas a diferentes editores que el ritmo de publicaciones en España debe bajar, que se edita mucho y mal, que hay que recuperar el gusto por la publicación de títulos solitarios con un ciclo vital completo. Nosotros no tendremos que recuperar esa buena costumbre porque fue nuestra filosofía desde el principio.  


     Larga vida a los libros.

Frank Herbert: ¿Está usted buscando algo?

Bajo el suelo, la bestia hambrienta, invisible la mayor parte del tiempo,
arrolladora cuando se deja ver…

Frank Herbert empezó a escribir muy pronto, cuando todavía era niño. Hijo de un biólogo y una jipi, tenía la materia híbrida necesaria para interpretar, reinterpretar e incluso crucificar el escenario que se había encontrado al nacer. Un escenario que, para alguien de su percepción, iba necesariamente más allá de su Tacoma natal.

    Algo no iba bien en el mundo, debía pensar mientras daba los primeros pasos sobre el papel. Bastantes años después, cuando ejercía de cámara de televisión, analista o pescador de ostras, el tenaz desajuste continuó rondándole. Algo no iba bien. ¿Sería la desertización del planeta? ¿La avaricia organizada del ser humano por los recursos? ¿El mesianismo exacerbado y peligroso de algunas religiones? Algo no iba bien y Herbert continuó buscando. A su primer relato profesional le siguió una primera novela, El dragón en el mar (1956) y, por fin, nueve años después, su obra más importante, Dune, una macroficción llena de imágenes y derroteros audaces, detallados con minuciosa coherencia y cargados de un significado lo suficientemente potente para sobrevivirle.

«Cuando religión y política viajan siempre en el mismo carro, los viajeros piensan que nada podrá detenerles en su camino… Sus movimientos se vuelven acelerados… cada vez más rápidos. Dejan a un lado los obstáculos y no piensan que un precipicio se descubre siempre demasiado tarde»

Frank Herbert

     Este clásico de la ciencia ficción toma como principal escenario un planeta desértico, Arrakis, lugar donde varias familias plantan sus escudos heráldicos y luchan sin piedad por la obtención de la  especia melange, un valioso potenciador natural con múltiples y deseadas (y necesarias) aplicaciones en el universo conocido. Paul-Muad’Dib, heredero de la casa Atreides, terminará convirtiéndose en el Kwisatz Haderach, una suerte de mesías mejorado genéticamente por la hermandad Bene Gesserit, que traerá el equilibrio a la locura avariciosa que sacude el planeta. Bajo el suelo, la bestia hambrienta, invisible la mayor parte del tiempo, arrolladora cuando se deja ver: el gusano, origen de la especia, de la avaricia, verdadero protagonista de la tragedia y fuerza definitiva que da por finalizada la (toda) obra. ¿Estaba usted buscando algo? ¿Ha encontrado algo? Si analizamos la última etapa en la vida de Frank Herbert, felizmente recluido con su familia en una granja ecológica donde todo rezumaba una perfecta armonía con la naturaleza, podríamos decir que sí.

     El poder de Dune, más allá del Hugo, del Nébula o del gran interés que suscita entre lectores del mundo entero, pasa por la concienciación de una realidad que tiende a dejarse de lado. Como individuos y sociedad, convivimos con el gusano que algún día cerrará nuestra propia historia; de nosotros depende que ese final nos sorprenda sumidos en la locura de la avaricia o, como el buen Herbert, buscando algo mejor.

Aldo Manuzio: camino y ciudad de un soñador

Tampoco es de extrañar que fuese donde el célebre bassianesi Aldo Manuzio se dedicase a la pesca…

Venecia es una ciudad en la boca del Leviatán. Que los millones de robles y cipreses clavados en el fango de la laguna que lleva su nombre hayan servido para sustentar iglesias, palacios y otros extremos del afán arquitectónico del ser humano, no cambia su situación en las fauces saladas del Adriático. No son profundas las tragaderas del monstruo —para desembarcar en San Marcos hay que volar más que flotar—, y su digestión es lenta, pero esta última es constante, como señalan varios topógrafos que siguen de cerca la crónica de su banquete en ralentí. Uno se pregunta qué clase de persona decidió poner el primer ladrillo de este maravilloso despropósito, con estupor, como si estuviésemos contemplando el espíritu auto-destructor del mayor constructor que ha conocido el mundo moderno. El idiota queda apartado al instante de la ecuación. Y, más allá del relativo pragmatismo que se adivina en el reto orográfico que su situación supone para el conquistador de turno, las sospechas terminan siempre encaminadas a territorios más propios del idealismo y la ensoñación.

     Así pues, aquel primer ladrillo fue el de un soñador. Seguido por el de otras muchas personas que creyeron en ese sueño imposible, lo que nos sitúa ante una ciudad hecha por y para el ensueño. Quizá sea esto lo que convierte sus canales y callejuelas en algo más propio de otro mundo. Ni siquiera la realidad, con sus enjambres de mosquitos o el fuerte olor a pescado podrido y heces de ventana, puede enturbiar el esplendor de esta ciudad, como sucede siempre con los sueños que merecen la pena. No es de extrañar que sea la cuna de grandes pintores, escultores, músicos y escritores; un lugar que ha servido de inspiración y refugio para nombres como Byron o Ruskin, definido por el gran Charles Dickens como «el lugar donde la realidad supera la capacidad imaginativa del más fantástico soñador». Tampoco es de extrañar, y llegamos a la chispa que, como editor, me llevó a escribir estas líneas, que fuese donde el célebre ‎bassianesi Aldo Manuzio se dedicase a la pesca. Pesca a la veneciana, claro está, que comprende hermosos ejemplares de Aristóteles y Platón, graciosos pececillos de Petrarca y otras obras hábilmente encuadernadas, todas con su logo de ancla y delfín, y el sabio lema Festina Lente (Apresúrate lentamente). Allí, Manuzio pescó el libro de hoy, el que tenéis en vuestra mesilla. Allí, Manuzio perfeccionó las técnicas de impresión, nos trajo la cursiva, el punto, el libro de bolsillo… Allí trabajó, y allí murió, como el padre del editor moderno, en la boca del Leviatán, devorado lentamente, con más idealismo que pragmatismo; como un soñador en una ciudad de soñadores, levantada para hundirse. Qué mejor lugar que ese para vivir.

Tú Batman y yo Superman

Dibujo de Juan Leiva

Con apenas veinte años, conocí al amigo David G. Panadero en las oficinas de la desaparecida Midons Editorial el verano del año 2000. Ambos, autores precoces, estábamos a punto de debutar publicando nuestro primer libro con ellos, el de David un muy recomendable y sesudo ensayo sobre la película Dark City, al que ya le había dedicado un fanzine el año anterior, y el mío, mucho más desenfadado y festivo, sobre el film de culto The Rocky Horror Picture Show.

     A la espera de ser recibido por Cristina Martínez, la editora de las colecciones de cine de Midons, David me explicó que justo acababa de entregar las galeradas de su libro en mano. Eran los albores de Internet en España y aunque casi todo el mundo ya tenía correo electrónico, este tipo de gestiones se continuaban haciendo en soporte físico. Justo por ese motivo, yo, siendo de Barcelona, me había desplazado a Madrid para que allí pudieran escanear el dibujo original que iba a ser la portada de mi publicación. Debido a que ni tenía un escáner de esas proporciones, ni se podían enviar archivos de ese tamaño por e-mail, tuve que viajar hasta la capital, ciudad en la que se encontraba la editorial. Por cierto, mis galeradas llegarían poco después, por correo ordinario, por supuesto.

     David, sin conocerme de nada, como buen Cicerone, esperó a que acabara mi reunión con Cristina, para interesarse por mi proyecto y mostrarme por primera vez una maravillosa ciudad que no he dejado de visitar desde entonces. Me acompañó, como es habitual en estos casos, a lugares típicos como la Puerta de Alcalá, el Kilometro Cero, el Oso y el Madroño o La Cibeles, pero mis lugares favoritos de su ruta fueron sin duda el monumento a Ángeles Rodríguez Hidalgo, la celebérrima Abuela Rockera, y el restaurante en el que hacían huevos fritos de avestruz, ambos situados en Vallecas y desconocidos para más de un oriundo de la zona.

     Vía telefónica y a través de algún correo electrónico —por teléfono fijo, en aquella época no era tan habitual tener móvil y apenas se había instaurado el uso del Messenger, precursor de Skype, para los más jóvenes—, continuamos la relación a distancia para recomendarnos películas raras —sí, en VHS, has deducido bien— y aconsejarnos sobre nuestros respectivos artículos en diversas revistas y webs. Cosa que continuamos haciendo, pero ahora utilizando métodos mucho más modernos.

     Parte de la buena relación que hemos mantenido desde entonces es debida a que, aunque nuestros gustos comunes son muy parecidos, no podríamos ser más diferentes. En palabras del propio David: «Es que tú eres más de Superman y yo de Batman de toda la vida.» Al menos los dos son de la misma editorial, DC Comics, y todo queda en casa.

     Aunque parezca que esta introducción no lleva a ningún sitio, al ser uno de mis mejores amigos, para mí es importante destacar a la persona por delante del autor, y David, como has podido comprobar en estas líneas, aunque es una persona muy ducha en diferentes campos de la cultura —como queda sobradamente reflejado en sus trabajos y en su trayectoria profesional—, ante todo es una persona amable, generosa y nada pedante. Una rara avis en este sector en el que muchos se creen superiores por conocer los nombres de tres o cuatro directores malditos, ver series de televisión en Netflix, grabar un podcast en su casa, o haber escrito en un par de blogs sobre el último videojuego de Nintendo. Por cierto, cuando le conocí tampoco existían los YouTubers… ¡qué tiempos aquellos! Y es que, hasta el momento, si querías publicar algo, debías hacerlo en papel.

     Abarcar su carrera como escritor, locutor y editor es harto complicado, pero no nos queda otra que intentarlo: entre muchas otras cosas ha sido editor de la revista cultural Pause, fundador y editor de la revista Prótesis: Publicación consagrada al crimen —que diez años después de su primer número continúa saliendo al mercado en la actualidad—, ha colaborado en las revistas publicadas por Alejo Cuervo para la editorial Gigamesh, ha sido editor de las colecciones policíacas de la editorial Versátil y la Factoría de Ideas, ha trabajado para Random House, y ha colaborado regularmente en programas de radio de emisoras como Radio Vallekas, Europa FM o la SER, para esta última, hablando semanalmente sobre género negro en el mítico programa, Hablar por Hablar.

     Como autor de ensayos de cine, al de Dark City: Mientras la ciudad duerme (Midons Editorial, 2000), le siguieron los siguientes títulos que tuve el placer de coescribir con él: Sam Rsimi: De la transgresión al neoclasicismo (Calamar Ediciones para el Festival Internacional de Cinema de Catalunya, 2004), Ed Wood: Platillos volantes y jerséis de angora (T&B Editores, 2005),  Tim Burton: Diario de un soñador (Ediciones Jaguar, 2005), del que se venden tres ediciones, y Tim Burton: Simios, murciélagos y jinetes sin cabeza (Diábolo Ediciones, 2016).

     En solitario, y utilizando un punto de vista mucho más personal, David escribe Terror en píldoras: Las películas episódicas de Terror (Grupo Kelton, 2010), dedicado a las películas de terror compuestas por pequeños episodios, y No me cuentes películas (Diábolo Ediciones, 2015), un ensayo cinematográfico que aúna el periodismo con la literatura a partes iguales, y que incluye entrevistas a los principales protagonistas de este sector.

     Ensayos y críticas de cine aparte, tras escribir unas cuantas historias cortas para varias publicaciones y antologías, Panadero publica su primera y deliciosa novela, Los viejos papeles (NGC Ficción, 2010), dedicada a uno de sus temas favoritos: los bolsilibros. Protagonizada por el joven periodista Arturo Iglesias y Mateo Duque —alias Matt Duke—, autor de un sinfín de novelas «de a duro».

     Los viejos papeles, reeditada recientemente por Editorial Cuadernos del Laberinto, nos lleva a su último trabajo de ficción y al motivo por el que se me ha encargado escribir este texto: Sesión Doble: Sin Contraseñas y El último vagón (Ediciones Vernacci, 2018), dos impactantes relatos urbanos que rozan lo biográfico, basados —como buen escritor que se precie— en experiencias personales que se alejan de la fantasía y toman como punto de partida especulaciones sobre el propio autor, que David utiliza como excusa para analizar los diferentes aspectos del entorno que le rodea.

     Y es que, como Batman o Daredevil, David G. Panadero —Bakerman— es un héroe urbano que, con lupa ceñida al ojo, escudriña los oscuros callejones de su Vallecas natal en busca de nuevo material para sus novelas. Será mejor que te andes con cuidado si no quieres ser el protagonista de su próximo relato…

 

Miguel Ángel Parra

@Darthparra

 

 

Doble sesión: Sin contraseñas – El último vagón

 

Tras la hiper-violenta Zombi y la fantasía desbordante de Reina en el mundo de las pesadillas, nuestros dos primeros títulos, tocaba adentrarse en territorios que estuvieron muy presentes durante la gestación de Ediciones Vernacci: la novela negra y el amor por el cine. David G. Panadero, periodista, escritor, y autor de varios ensayos sobre el séptimo arte, como Dark CityTim Burton: simios, murciélagos y jinetes sin cabeza, o Terror en píldoras. Las películas episódicas de terror, además de dirigir Prótesis, la «publicación consagrada al crimen» y la novela negra, es el encargado de abrir la veda.  Doble sesión: Sin contraseñas – El último vagón, es nuestro primer Puño gris, una novela (o colección de novelettes) que reúne lo mejor del género noir en dos historias de ritmos y colores desiguales, aunque emparentados por el mismo Madrid que vio crecer al autor.  Si alguien puede pintar de 35 mm el asfalto «vallekano» de los años ochenta y noventa, es él.

 

Trailer Doble sesión: Sin contraseñas – El último vagón

 

«Doble sesión: Sin contraseñas – El último vagón», génesis de un libro muy especial

 

 

Carlos Pérez Merinero, el hombre invisible

 

Carlos Pérez Merinero, en el rodaje de Rincones del paraíso.

 

Las mejores películas para los más mirones

   De entre las veintiuna películas —algunos cortos, capítulos de series y bastantes largometrajes— que Carlos Pérez Merinero escribió para la pequeña o la gran pantalla, todas fueron, y lo dejó bien claro cuando se sentó tras la cámara en Rincones del paraíso (1997), «películas para mirones», empezando por él, que aspiraba a ser uno más, un hombre invisible, acaso un guionista de la Hammer al que no le faltara nunca el trabajo. En ese trabajo aceptaría encargos de mediano y bajo presupuesto, siempre y cuando le respaldaran profesionales competentes. Pongamos media docena de películas al año ejecutadas —donde no faltaran las buenas ejecuciones, se entiende— con oficio y salero.

   Pero eso en España es complicado. Lo era cada vez más. En 1991 consigue Nominaciones a los Goya por Amantes, dirigida por Vicente Aranda y producida por Pedro Costa; anteriormente sus novelas se habían vendido por miles, y, de golpe y porrazo, su momento había pasado. Pero él siguió haciendo manos. No dejó de escribir hasta el último día, cumpliendo un horario casi de oficina…

   Volvamos a sus películas: hace no muchos volví a disfrutar El crimen de la calle Fuencarral (1985), dirigida por Angelino Fons y producida por Pedro Costa para TVE dentro de la mítica serie La huella del crimen. Observé que, en menos de una hora, esta compacta obra maestra ofrece lo más y mejor del merinerismo: pasión por la mirada, humor, voces de la calle, espontaneidad, folklore, y, ante todo, una recreación muy personal de los hechos.

   Carlos me dijo en diferentes entrevistas que mantuvimos (podéis encontrar una de ellas en Youtube) que el crimen es de por sí siempre trivial, por eso la labor del escritor consiste en encontrar un punto de vista sobre el que construir la narración, darle un interés más allá del morbo fácil. Carlos despreciaba incluso la documentación como tal. Reivindicaba la intuición, la creatividad, el esfuerzo por ponerse en el lugar de los personajes e idear tramas convincentes, fuertes, que funcionen bien, aunque sean falsas. Eso es lo de menos. Y aquí encontró la solución en esa pareja de amigos compuesta por Francisco Nieva y Luis Escobar, burgueses que pasean indolentes por el Retiro, por cabarets, burdeles selectos, cafeterías… Siempre como observadores despreocupados, de inteligencia y verbo fácil, como réplicas de género chico de Holmes y Watson, que van punteando y comentando los avatares del caso, aportando una musicalidad castiza, acercándonos la voz de la calle.

   Los imperativos de producción quisieron llevar esta vez a Carlos a 1888, precisamente cuando Conan Doyle había estrenado su Estudio en Escarlata, cuyos personajes ejercen una influencia notable… Pero Carlos, que salvo ocasiones —La mano armada, Caras conocidas— planteaba sus argumentos “aquí y ahora”, sabe arrimar el ascua a su sardina y se queda con el aspecto más bohemio e indolente de los investigadores, el más afín a sus personajes, siempre sensibles y hedonistas, más predispuestos al crimen que a la búsqueda de soluciones. En cualquier caso, y ante la duda, nos quedamos en El crimen de la calle Fuencarral como una invitación a seguir mirando… ¡Y ponernos hasta las pestañas de buen cine!

David G. Panadero

Puño sucio, nuestro Index librorum “no” prohibitorum et expurgatorum

 

Cuando el emperador romano Calígula clavó sus ojos en La Odisea de Homero tuvo la impresión, al parecer, de que la semilla emancipadora que encerraban sus páginas era demasiado grande y peligrosa para dejarla a su aire. Llevado por el pensamiento “prohibido viajar más lejos que mi psicosis” el emperador restringió la fantasía homérica, pero así como el odre lleno de vientos que Eolo entregó a Ulises (Odiseo para los amigos) ayudó a que éste viajase a más velocidad, los cantos de La Odisea lograron lo propio con la imaginación de sus lectores, que logró perpetuar la existencia de esta magnífica obra hasta nuestros días. No fue el primer caso en que un libro tuvo que esforzarse para sobrevivir a los protocolos de un pensamiento dominante, y, por supuesto, tampoco fue el último. Recordemos la larga lista de libros prohibidos confeccionada por la Iglesia Católica en el siglo XVI, donde se reunían títulos imprescindibles de la protociencia y del pensamiento humano en general. Ya más cercanos a nuestros días, obras como Lolita, de Vladimir Nabokob; Las uvas de la ira, del genial novelista (cronista) John Steinbeck, o incluso simples divertimentos como el primer libro de Harry Potter, han sufrido diferentes reacciones paralizantes, unos por abordar tabús de carácter sexual, otros por arrojarnos a la cara la realidad que nadie quiere recordar, o por chocar de frente con la situación político-religiosa-social de cualquier parte del mundo. Podría parecer que un libro deja de ser un objeto maleable y tiende a imponer su pensamiento como haría cualquier profeta alborotador, complementando, contaminando o imponiéndose al pensamiento general. Podría decirse que un libro puede incluso ser juzgado por el uso e intención de su lenguaje, y por lo tanto ser perseguido y condenado como haríamos con cualquier criminal. Sin embargo, este símil, que ha conducido a la quema y prohibición de libros, o a su rechazo sistemático, contiene un error de base: un individuo puede invadir nuestra privacidad sin llamar a la puerta, mientras que un libro necesita de nuestra colaboración. Ediciones Vernacci quiere colaborar con el arúspice ensangrentado, con el cuentista maltratado que grita sus historias y nos permite viajar tan lejos como llegue su imaginación, por sucio que sea el viaje, y para este fin pondrá en marcha la línea Puño sucio, un espacio dedicado a la novela negra y de terror, pero orientado a paladares blindados capaces de tolerar lo “intolerable”. No será una línea fácil de digerir para el lector medio; en ella no existirá la menor censura, ni límites morales que impidan contar una historia como su autor/ra crea que debe ser contada. Nieves Guijarro Briones, coordinadora de esta audaz colección ha definido ya los primeros pasos de un sendero sangriento, blasfemo, amoral pero también tremendamente estimulante. No habrá Calígulas, ni tijeras, ni hogueras, sólo el homérico empeño de enfrentaros a la libertad y un libro que espera ser abierto.

 

Alberto Plumed, librero y gestor de la librería Cyberdark, y Mar Goizueta nos hablan sobre Reina en el mundo de las pesadillas.

 

 

Reina en el mundo de las pesadillas no es un libro nuevo para mí. Lo leí hace años, en alguna de sus primeras versiones, sacada de un cajón secreto, mágico, como no podía ser de otro modo. Desde el principio supe que en aquellas páginas se trataban varios temas de gran importancia, y no sólo para la autora. Había fantasía, sí, y terror, y aventura, y mitología, pero también se abordaban asuntos que justificaban una conversación a solas con la autora. Cuando supe que la obra iba a ser publicada por Ediciones Vernacci, creí oportuno publicar una charla con ella, pero entre pitos y flautas lo fuimos retrasando. Por fortuna, son muchos los puentes que me unen a esta soñadora empedernida; es hermana de mi novia, una gran amiga, y muy aficionada también al cuidado y mantenimiento de su jardín. Y fue precisamente mientras la ayudaba a limpiar el jardín que amuralla su guarida de la sierra, cuando surgió al fin la conversación que estáis a punto de leer.

     Disfrutadla. Espero que os abra las ganas de adentraros en el mundo de sueños y pesadillas que pronto inundará las librerías de la mano de Mar y Ediciones Vernacci.

 

     ¿Cómo nace la historia?

     Reina nació de un sueño, de un poema y de una mañana de verano. Una noche soñé la invasión de las pesadillas. Por la mañana, estaba con mi hermana y con Felipe (un amigo de ambas) en el jardín, entre café, libros y cuadernos. Les conté que acababa de escribir un párrafo basado en el sueño, y  que parecía tener vocación de principio de novela. Ellos insistieron en que la escribiese sí o sí. Justo en esa época me rondaba también por la cabeza un poema que hablaba de monstruos y de una niña, que acabó convirtiéndose en uno de los personajes de la novela. Todo se mezcló y la idea surgió, aunque durante un tiempo permaneció congelada, a la espera.

    

     Yo en esa época aún no te conocía, pero sí había entrado en vuestra vida cuando esta historia hacía su carrera de fondo para ser publicada.

     Mucho tiempo después se me propuso escribir una novelita muy corta, casi un relato largo, para una colección que iba a salir en una editorial “de cuyo nombre no quiero acordarme” y retomé la idea. Por aquella época tú ya estabas en nuestras vidas, así que a partir de ese punto conoces de primera mano la trayectoria de Reina en el mundo de las pesadillas. Escribí la mini novela y todos los que la leyeron: lectores cero y editorial, consideraron que aquella historia merecía ser más larga. Querían saber más de unos personajes que eran, según señalaron, demasiado ricos para quedar reducidos a un simple esbozo. Entonces comenzó la reconversión de relato largo en novela corta. Ahí es cuando añadí la parte histórica, que disfruté especialmente porque, como sabes, estudié Arqueología; fue un pretexto perfecto para sumergirme en unas aguas a las que siempre deseo volver. Me documenté en profundidad, como si estuviese haciendo una tesina, para que la recreación histórico-arqueológica, a pesar de las grandes dosis de fantasía que incluye la obra, no dejase de ser lo más fiel posible. Después, tuvieron lugar una serie de cambios y decidí que el proyecto debía mudar de  editorial. Rafael Lindem me propuso sacarla en la suya ―Ediciones Vernacci―, que en aquel momento estaba naciendo. Pensé que nadie la iba a cuidar mejor, y eso me pareció más importante que buscar una editorial ya más establecida. Me dio la posibilidad de ilustrarla, y de elegir a un artista que me gustase. No dudé en elegir a Jorge del Oro, porque es una novela en la que las mujeres juegan un papel importantísimo y él sabe dibujarlas maravillosas. Aceptó y nos pusimos a trabajar de inmediato.

    

     Hablas de la inclusión de partes históricas en tu historia para convertirla en novela. Tu eres prehistoriadora, ¿por qué decidiste incluir este recurso narrativo?, además de para alargar la novela y convertirte en la Ken Follet de Alcorcón.

     ¿La Ken Follet de Alcorcón? (Risas). No se me había pasado por la cabeza, pero mira, no estaría mal tener una mínima parte de los millones de lectores que tiene él. Como historiadora, una de las épocas que más fascinación despierta en mí ―más allá de las piedras y los huesos, que son mi pasión― es la historia antigua de Creta, y en general la muy incipiente historia de lo que con el tiempo se llamaría Grecia. Alargar la historia me daba la oportunidad de unir mis dos pasiones: escribir y la Historia. Dejé que las palabras fluyeran y, sin planearlo, surgieron Creta y sus sombras dentro del caos en el que escribo. En realidad, yo sólo ordeno ligeramente las historias que van surgiendo en la “jungla salvaje” que es mi cerebro (esta definición, sacada de un capítulo de Las Chicas Gilmore, me define a la perfección, como ya sabes) a partir de lo que almaceno en ella. Por eso, era inevitable que en esta historia acabasen saliendo, entre otras, mi obsesión por los laberintos y por el Minotauro.

    

     Por privilegios familiares he tenido el placer de leer la novela en diferentes estadios, desde el más incipiente hasta el que en nada llegará a manos de los lectores. Hay varias cosas que no han cambiado en todo este tiempo y, como no te puedes escapar, quiero que me hables de ellas. Empecemos: tus personajes no tienen nombre, son apodos o arquetipos. ¿Tan difícil es para ti llamar a alguien Pepe o María?

     Soy muy impulsiva escribiendo, no uso estructuras ni guiones, dejo que los personajes me digan cómo se llaman según van materializándose. En el caso concreto de Reina en el mundo de las pesadillas olvidé totalmente la posibilidad de nombrarlos mientras era atrapada por su historia. No me daban sus nombres, aunque sí sus apodos, perfectamente sugeridos por su naturaleza y la función más o menos arquetípica que desempeñan en la novela. Pensé que si ellos no me habían dado nombre alguno, ¿quién era yo para inventarme uno?

    

     Eso me lleva a otro tipo de referencias. En la novela se nota un gran bagaje literario, y muchas veces hemos hablado de las influencias (ya no solo a nivel literario, sino en la vida real) de novelas que juegan con mundos paralelos, entremezclados entre si y con protagonistas (como los tuyos) que salta entre ambos. ¿Cuáles son las que más te han influenciado a la hora de escribir Reina en el mundo de las pesadillas?

     Hay influencias literarias, culturales, históricas… Todo es un batiburrillo en mi cabeza, ya sabes que yo no vivo del todo aquí, que muy a menudo me pierdo en mis otros mundos, y también que leo sin parar diferentes géneros literarios. Todo lo que hable de otros mundos me toca de cerca. Me crié con las historias de Lewis Carroll, que devoré hasta la saciedad, sobre todo Alicia a través del espejo, porque me hacían sentir bien al mostrarme que otra gente veía las cosas de forma parecida a la mía, me daban la esperanza de escapar de un mundo que muchas veces se me hacía demasiado aburrido, demasiado prosaico. Libros como los de Alicia, las aventuras e inventos que me planteaban Julio Verne y autores similares y otras lecturas como los pulp de ciencia ficción y terror que leía casi a escondidas, además de otras historias de fantasía, se unían en mi cabeza y me daban ese punto de fuga que yo tanto necesitaba. Supongo que al escribir, todas las obsesiones que te acompañan durante la vida, inevitablemente, acaban asomando entre las líneas.

    

     También es muy importante, y no voy a hablar mucho sobre ello, el mundo de los sueños y las pesadillas. Hay gente que no le da mucha importancia a lo que sueña, pero yo, que suelo desayunar a tu lado, sé que le das una importancia capital a su dimensión. De hecho, la novela gira alrededor de ellos. ¿Por qué?

     Porque para mí es tan real como la realidad, sólo que tiene otro tipo de lenguaje y coordenadas. No todos los sueños son sólo sueños (y guiña un ojo)

    

     Ajá…no sigamos por ahí y dejemos el misterio que el señor editor nos ha pedido (el que quiera resolverlo, podrá hacerlo comprando y leyendo la novela). También metes mucha referencia a la cultura popular, o digamos… friki. Yo, que te conozco bastante bien, sé que vives muy inmersa en ella, aunque muchas veces se te va la pinza y la mezclas a lo loco, con desastrosos resultados para tu reputación. ¿Su uso en la novela, es un reflejo de tu día a día o es otra forma de inmersión para el lector?

     Así que desastrosos resultados para mi reputación… ¿Ese es tu concepto de “amistad”? (risas). Somos un conjunto de nuestras lecturas, de nuestras vivencias, de lo que entra por nuestros sentidos, de lo que nos llega dentro. Y yo no puedo separarme de ello al escribir. Esta novela es parte de mí, surge de mi corazón, y por lo tanto necesitaba que esas referencias que me ayudan a definirme y que fueron encajando como las piezas de un puzle en la historia estuviesen ahí, sin necesidad de disfraces, tal cual son.

    

     Una tema de gran importancia en la novela es la muerte. De hecho, la representas físicamente, y tiene un papel destacado en el desarrollo de algunos de los personajes.

     Creo que la muerte es algo indisoluble de la vida (como el café). Está ahí, queramos o no, y no debemos verla como algo terrible sino como otro estado del mismo universo que habitamos. No me gusta que sea tratada como un castigo; yo la veo como otra parte más de la vida, aunque parezca una incongruencia. Quizás no nos guste, pero no es un castigo, es parte del viaje. Cuando pierdes a seres muy queridos puedes enfadarte, sentir rabia, pero al mismo tiempo te reconcilias con ella de alguna forma, comprendes que es la puerta que conduce al lugar donde están ellos, el lugar al que iremos todos. Creo que la gente no se va del todo, a veces la sientes ahí, oculta en otro universo paralelo (no en el sentido religioso que todos conocemos), pero, hasta cierto punto, todavía tangible. Incluso creo que pueden visitarnos, y ayudarnos en momentos de crisis para hacernos comprender que no se han ido del todo.

    

     La novela también habla del amor. En este caso el amor entre desconocidos, que surge como una tormenta y une a dos personas predestinadas a ser amantes y a ser parte de un todo más amplio que poco a poco vamos viendo en la novela. ¿De dónde procede esta visión?

     Me gustan mucho las teorías que hablan de las almas gemelas, especialmente la leyenda japonesa que habla de personas unidas por un hilo rojo invisible y que están predestinadas a encontrarse, aunque estén separadas por océanos y continentes. No creo que necesariamente tengamos una sola alma gemela, quizás sean muchas, pero sí creo que cuando dos almas gemelas se encuentran se genera una magia enorme, ya que el amor es una de las fuerzas más potentes del universo.

    

     Las mujeres tienen un papel muy importante en tu novela, desde Muerte y Vida (a las que das atributos femeninos) a la protagonista, y sobre todo puede comprobarse en la parte histórica ¿Es algo buscado o surgió así?

     Surgió así, no planeo nada. No me puedo escapar de mis referencias culturales, como aquellas que hablan de diosas y mujeres poderosas desde la prehistoria. Para mí, la diosa de la vida no puede ser otra cosa que un ente femenino, ya que las mujeres somos las que traemos la vida y así se relacionó en la antigüedad. Es normal asociar el poder de dar vida de la mujer con el poder de la naturaleza, creadora de todo lo que nos rodea.
Y en el caso de la muerte, quizás ahí tenga una influencia mexicana, ya que es de los pocos pueblos que la representan puramente femenina. Me gusta mucho el concepto mexicano de la Muerte, sí.
En cuanto al resto de los personajes, soy una mujer y creo que por eso tiendo a escribir mujeres, sobre todo fuertes. También soy un poco antigua en mi manera de ver la vida (entiéndanse en el sentido de mi amor por la historia) y en el mundo antiguo era común la veneración a deidades femeninas, la presencia de sacerdotisas e imágenes de mujeres, algo que se perdió en la Edad Media; es más, su valor fue invertido, convirtiendo a esas mujeres fuertes en la representación del mal. Esta novela es un homenaje, surgido de manera natural e inconsciente, a esas figuras femeninas. Hay que reivindicar a las mujeres poderosas que han sido ninguneadas, temidas y perseguidas, como las brujas, a las que se daba caza simplemente por ser conscientes de su poder, su identidad y su pasado. No tenía planeado hacer una novela de mujeres fuertes, pero creo que ha surgido así por ser mujer y ser consciente de nuestra capacidad.

 

     Y tras estas preguntas, volvemos a lo nuestro. El jardín espera. Y no hay que hacerle esperar.

 

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