Autor: Rafael Lindem (Página 1 de 2)

Caracalla y Yo, vida de un emperador sanguinario

Cubierta del libro Caracalla y yo, de Juanra Fernández

Cada vez que nos acercamos a Caracalla, el hombre que gobernó Roma entre el 211 y el 217, nos topamos con la que fue quizás su decisión política más importante: la concesión de la ciudadanía a todos los habitantes libres del Imperio. Su nombre real era Marco Aurelio Antonino Basiano, y Caracalla no fue sino el apodo que sus tropas le impusieron por el manto con capucha con el que se cubría habitualmente. Y es que, aficionado a la vida militar, sus días transcurrieron de campaña en campaña. Como la de Britania del 210 en la que, según Casio, mandó a los médicos que envenenasen a su padre y predecesor, Septimio Severo. Probablemente no sea cierto, pero sí lo es la sucesión de un gobierno que compartió con su hermano Geta, al que pronto asesinaría junto a una larga lista de víctimas que Dion Casio, sin duda exagerando, elevó a 20.000. No nos puede sorprender por tanto que sea otro de los emperadores que han pasado a la historia por su carácter sanguinario y derrochador. La crueldad era difícil de solucionar, el derroche lo intentó elevando impuestos y devaluando la moneda. Y también extendiendo la ciudadanía por todo el Imperio. Porque no fue el suyo un acto de generosidad, sino de avaricia. Aumentado el número de ciudadanos aumentaba la recaudación.

         Juanra Fernández nos acerca al ilustre personaje desde el punto de vista de alguien de su círculo cercano. Una aproximación a la historia de la Roma Imperial con carácter novelado y asentada en un acertado rigor que en ocasiones debe recurrir a licencias creativas para rellenar la escasa historiografía de un personaje tan amplio.

Julián Torrecillas,

Historiador y colaborador de Onda Cero en la sección de Historia.

Dissectionis III – Doble sesión: Sin contraseñas – El último vagón

Una tarde de cine con David G. Panadero.

Nuestra prioridad tras inaugurar las líneas Puño sucio y Nibiru era dar el primer paso en una tercera a la que decidimos llamar Puño gris, una línea enfocada al terror, el noir y el misterio. Por aquel entonces la obra candidata a iniciar el camino ni siquiera existía. El autor, David G. Panadero, había propuesto la publicación de una novela corta titulada Sin contraseñas. La historia narraba las aventuras de José Tascón, un personajillo metido “profesionalmente” a confidente de la policía en infinidad de crisis y entuertos, tan acostumbrado a mentir y a fingir ser quien no es que termina sufriendo una profunda crisis de identidad. A lo largo de sus casi cien páginas, la obra consigue agrupar suficientes elementos interesantes para enganchar al lector; la historia es ágil, el protagonista carismático y el escenario, aquella España de pana gorda, libertad bisoña y ardiente Calisay (el líquido de la transición) terminaba de rematar el empaque. De hecho, Sin contraseñas era perfecta incluso para llenar uno de esos trajecillos que se gastaba la inmortal Bruguera en los quioscos de los años ochenta. Sin embargo, consideramos que era insuficiente; queríamos, tal y como expresé en su momento, «más Panadero».

    Decidimos que esta historia debía ir acompañada de una segunda. Fue entonces cuando apareció El último vagón, una historia de tintes autobiográficos que nos habla de aquella juventud “algo perdida” que recorría las calles de finales de los ochenta y principios de los noventa, chapoteando en los estragos de la droga y la marginalidad, sin otro afán que estampar su firma en los muros de la ciudad con un bote de espray.  

    La dirección elegida para amalgamar esta doble ración en un solo volumen  está ligada íntimamente con el propio David G.Panadero y lo que cualquiera que converse con él unos pocos minutos puede llegar a deducir de su persona. Entendí que para este autor afincado en la fascinante Vallecas (perdón, Vallekas), adicto hasta la médula a la vieja cultura de las salas de cine y los viodeoclubs que expiraban plástico, el mejor modo de entender su menú noir era como una doble sesión en un viejo cine de barrio. De este modo nació Doble sesión: Sin contraseñas – El último vagón, un libro que trata de homenajear ese mundo ya extinto, casi mitológico, del Madrid de los ochenta; del arte a pie de calle, de criaturas desesperadas y pantallas gigantes que ofrecían el mundo.   

    Como anécdota curiosa (y este libro tiene bastantes, algunas inconfesables) diré que dediqué una tarde entera a patearme mi viejo barrio de la infancia, cercano en espíritu a algunos escenarios descritos por David, hasta dar con un muro que acabó convirtiéndose en contraportada de la obra. En el frontal, como no podía ser de otro modo, situamos la entrada de un cine.

    Es cosa vuestra mirar bien la cartelera y pagar la entrada.

    No tenéis que preocuparos por apagar el móvil: aún no se habían inventado.

Dissectionis II: Reina en el mundo de las pesadillas, de Mar Goizueta.

Reina en el mundo de las pesadillas, una fantasía tan atemporal como adimensional.

Mientras trabajábamos en la novela Zombi, éramos conscientes de la necesidad de un segundo título que contrastara con la oscuridad mórbida y provocadora de Juan Díaz Olmedo. Este contraste nos daría la dimensión apropiada en nuestro primer asalto como editorial.

  Reina en el mundo de las pesadillas era el título perfecto, y su existencia ya nos había rondado mucho antes de la formalización de Ediciones Vernacci; era una vieja conocida a la que podíamos tutear y con la que nos sentíamos cómodos. Serviría, además, para asentar el estilo de nuestra colección Nibiru, orientada a la literatura de fantasía y ciencia ficción. Las diferencias con su compañero de batalla eran evidentes: si Juan Díaz Olmedo ya llevaba algún tiempo publicando y metido hasta el cuello en los difíciles “lodazales” de la edición, Mar Goizueta se enfrentaba a la culminación de su primera obra, con todo lo que esto significa a nivel psicológico y estilístico. Éramos conscientes también de la naturaleza comercial del contenido, alejado de la filosofía exclusiva y artesanal de Ediciones Vernacci, y más cercana al estándar mercantil que impera hoy en día, y que  antepone una tirada de mayor calibre a un trabajo más minucioso pero pequeño en números.

  Su obra, sin embargo, contenía (y contiene) el suficiente poderío per se para merecer un trabajo de edición, aun a sabiendas de que su permanencia en nuestro catálogo podría ser algo fugaz por su tendencia natural hacia escenarios más competitivos. Mar Goizueta colaboró estrechamente en las diferentes correcciones a que fue sometido el texto, e incluso señaló al ilustrador Jorge del Oro como el artista ideal para reflejar el aspecto que debía tener su mundo de fantasía y mujeres poderosas. Cuando todos estuvimos contentos con el texto y las ilustraciones, Andrei Martinez Durán, que ya se había encargado de rematar las correcciones, maquetó el trabajo. Los ejemplares de prueba con Artes gráficas Navagraf nos dieron la razón, y los posteriores experimentos de color en el taller de Ediciones Vernacci terminaron de reforzar esta opinión: teníamos un primer Nibiru perfecto.

  Si Zombi luce el canto negro de la desesperanza y la violencia de la colección Puño sucio, Reina en el mundo de las pesadillas luce cantos verde marino sobre una cubierta de color violeta (mi color favorito), que resumen a la perfección el contenido fantástico-científico de la línea Nibiru. Además, estábamos decididos a darle un tratamiento diferencial en su promoción, lo que nos llevó a contactar con el cineasta y novelista Juanra Fernández y su Escuela de Cine de Cuenca para proponerles la creación de un booktrailer con tintes cinematográficos. El resultado de todo este esfuerzo en equipo está ahí, puede leerse, verse y palparse, y nos llena de un profundo orgullo.

  Si queréis participar de esta mágica experiencia, dadle una oportunidad a Reina en el mundo de las pesadillas (y a su autora) allí donde las veáis, allí donde estén. No os arrepentiréis.

Dissectionis I: Zombi, de Juan Díaz Olmedo

Vergessen Grab es Jezabel.

Para una editorial su primer libro es siempre algo más que un libro. En este proyecto primerizo se dan lugar todos los tropiezos que puedan darse y más (muchos más). También, la divina sensación de estar concretando algo que ha sido planteado y replanteado docenas de veces antes sobre una mesa y que, a falta de no tener aún un cuerpo tangible, continúa pavoneándose ante nosotros como una suerte de animal mitológico. En nuestro caso éramos conscientes de que tanto la percha como la etología del espécimen que teníamos entre manos iban a definir la puesta en escena de nuestra editorial, y esto, precisamente esto, era posiblemente lo que más claro teníamos.

     Zombi, de Juan Díaz Olmedo, llevaba más tiempo que Vernacci en las librerías y su camino no había sido tampoco un dechado de suerte. Las advertencias no se hicieron esperar: un título que contaba ya con una edición reciente, eso que algunos llaman un cartucho quemado; un título cuya edición digital, en manos de otro sello editorial, conviviría con nuestro trabajo; un título que había pasado de puntillas ante el público sin armar demasiado alboroto, a pesar de las buenas impresiones que había cosechado. ¿Por qué nuestro primer libro iba a ser éste? ¿Por qué no tomar un camino menos contaminado?

     Son varios los motivos que explican este movimiento. El primero, y más justo, se basa en la indiscutible calidad literaria de la novela. Zombi es uno de esos clásicos no reconocidos que deambulan cargados de bombas por el mundo, listos para explotar en cualquier momento, puede que en un futuro más allá de nuestras posibilidades, puede que mañana mismo. La prosa de Olmedo es el guante perfecto para esta garra agresiva y desesperanzada. Su habilidad para mostrar escenarios sórdidos y cargados de dramatismo rivaliza con la construcción de unos personajes que, pese a formar parte del desafortunado inmueble, encierran unas ganas de vivir poco habituales en otras criaturas literarias. Sí, aquella novela debía ser nuestra, sobre todo tras saber que otros dos títulos (esta vez totalmente inéditos) completaban una trilogía que he tenido el placer de conocer y que, doy fe, querréis leer. Después había otros motivos, como el juego estético que nos ofrecía la historia, un verdadero caramelo para nuestra imaginación visual; o su propia condición de libro maldito, tan propia de Vernacci y la corte de malditos que la conforman.

     Se sumaron a esta nueva puesta en escena de Zombi, el novelista y cineasta Juanra Fernández, autor del prólogo; la artista y modelo Vergessen Grab, que personificó en la portada a la protagonista de la novela, Jezabel; Nieves Guijarro Briones (directora además de la línea Puño sucio, a la que pertenece el título) y Neki Valholl, que ayudaron en la realización del booktrailer, así como Cristina Jassogne y Mandy Lange que prestaron sus voces para el mismo. Tampoco puedo olvidarme de la gran labor de Artes Gráficas Navagraf SA, sin cuyo talento y buen hacer nuestro bello animal de cantos negros sería bastante menos bello.

Un libro, en el peor de los casos, debe morir de viejo


Ediciones Vernacci no nació para competir con sus compañeras del panorama indie. Enfrentar un ritmo de novedades de cinco o seis títulos cada cuatro meses no está en nuestra naturaleza. Mucho menos echarlos a pelear con un margen angustiosamente estrecho entre unos y otros, para sepultar luego al vencedor de la camada bajo una nueva remesa de novedades. Tampoco nos caracterizamos por bombardear diariamente las redes con publicidad, ni por organizar eventos cada dos por tres. Sabemos que es poco usual, y hasta contraproducente, pero también lo es aportar un tratamiento artesanal al producto, dedicarle tiempo y trabajo extra a cada ejemplar, no escatimar en gastos y hacer todo lo posible porque el título, sea un éxito o no, esté en las librerías  como pensamos que debe estar.

     Sabemos que nuestra forma de proceder ha sido motivo de sorpresa en algunos círculos del panorama editorial, e incluso de mofa, pero el tiempo asienta, y lo que ayer parecían excentricidades o el producto de una locura kamikaze, hoy forma parte de nuestra marca (tal vez excéntrica, loca y kamikaze). Hace poco he podido leer en algunas entrevistas a diferentes editores que el ritmo de publicaciones en España debe bajar, que se edita mucho y mal, que hay que recuperar el gusto por la publicación de títulos solitarios con un ciclo vital completo. Nosotros no tendremos que recuperar esa buena costumbre porque fue nuestra filosofía desde el principio.  


     Larga vida a los libros.

Frank Herbert: ¿Está usted buscando algo?

Bajo el suelo, la bestia hambrienta, invisible la mayor parte del tiempo,
arrolladora cuando se deja ver…

Frank Herbert empezó a escribir muy pronto, cuando todavía era niño. Hijo de un biólogo y una jipi, tenía la materia híbrida necesaria para interpretar, reinterpretar e incluso crucificar el escenario que se había encontrado al nacer. Un escenario que, para alguien de su percepción, iba necesariamente más allá de su Tacoma natal.

    Algo no iba bien en el mundo, debía pensar mientras daba los primeros pasos sobre el papel. Bastantes años después, cuando ejercía de cámara de televisión, analista o pescador de ostras, el tenaz desajuste continuó rondándole. Algo no iba bien. ¿Sería la desertización del planeta? ¿La avaricia organizada del ser humano por los recursos? ¿El mesianismo exacerbado y peligroso de algunas religiones? Algo no iba bien y Herbert continuó buscando. A su primer relato profesional le siguió una primera novela, El dragón en el mar (1956) y, por fin, nueve años después, su obra más importante, Dune, una macroficción llena de imágenes y derroteros audaces, detallados con minuciosa coherencia y cargados de un significado lo suficientemente potente para sobrevivirle.

«Cuando religión y política viajan siempre en el mismo carro, los viajeros piensan que nada podrá detenerles en su camino… Sus movimientos se vuelven acelerados… cada vez más rápidos. Dejan a un lado los obstáculos y no piensan que un precipicio se descubre siempre demasiado tarde»

Frank Herbert

     Este clásico de la ciencia ficción toma como principal escenario un planeta desértico, Arrakis, lugar donde varias familias plantan sus escudos heráldicos y luchan sin piedad por la obtención de la  especia melange, un valioso potenciador natural con múltiples y deseadas (y necesarias) aplicaciones en el universo conocido. Paul-Muad’Dib, heredero de la casa Atreides, terminará convirtiéndose en el Kwisatz Haderach, una suerte de mesías mejorado genéticamente por la hermandad Bene Gesserit, que traerá el equilibrio a la locura avariciosa que sacude el planeta. Bajo el suelo, la bestia hambrienta, invisible la mayor parte del tiempo, arrolladora cuando se deja ver: el gusano, origen de la especia, de la avaricia, verdadero protagonista de la tragedia y fuerza definitiva que da por finalizada la (toda) obra. ¿Estaba usted buscando algo? ¿Ha encontrado algo? Si analizamos la última etapa en la vida de Frank Herbert, felizmente recluido con su familia en una granja ecológica donde todo rezumaba una perfecta armonía con la naturaleza, podríamos decir que sí.

     El poder de Dune, más allá del Hugo, del Nébula o del gran interés que suscita entre lectores del mundo entero, pasa por la concienciación de una realidad que tiende a dejarse de lado. Como individuos y sociedad, convivimos con el gusano que algún día cerrará nuestra propia historia; de nosotros depende que ese final nos sorprenda sumidos en la locura de la avaricia o, como el buen Herbert, buscando algo mejor.

Aldo Manuzio: camino y ciudad de un soñador

Tampoco es de extrañar que fuese donde el célebre bassianesi Aldo Manuzio se dedicase a la pesca…

Venecia es una ciudad en la boca del Leviatán. Que los millones de robles y cipreses clavados en el fango de la laguna que lleva su nombre hayan servido para sustentar iglesias, palacios y otros extremos del afán arquitectónico del ser humano, no cambia su situación en las fauces saladas del Adriático. No son profundas las tragaderas del monstruo —para desembarcar en San Marcos hay que volar más que flotar—, y su digestión es lenta, pero esta última es constante, como señalan varios topógrafos que siguen de cerca la crónica de su banquete en ralentí. Uno se pregunta qué clase de persona decidió poner el primer ladrillo de este maravilloso despropósito, con estupor, como si estuviésemos contemplando el espíritu auto-destructor del mayor constructor que ha conocido el mundo moderno. El idiota queda apartado al instante de la ecuación. Y, más allá del relativo pragmatismo que se adivina en el reto orográfico que su situación supone para el conquistador de turno, las sospechas terminan siempre encaminadas a territorios más propios del idealismo y la ensoñación.

     Así pues, aquel primer ladrillo fue el de un soñador. Seguido por el de otras muchas personas que creyeron en ese sueño imposible, lo que nos sitúa ante una ciudad hecha por y para el ensueño. Quizá sea esto lo que convierte sus canales y callejuelas en algo más propio de otro mundo. Ni siquiera la realidad, con sus enjambres de mosquitos o el fuerte olor a pescado podrido y heces de ventana, puede enturbiar el esplendor de esta ciudad, como sucede siempre con los sueños que merecen la pena. No es de extrañar que sea la cuna de grandes pintores, escultores, músicos y escritores; un lugar que ha servido de inspiración y refugio para nombres como Byron o Ruskin, definido por el gran Charles Dickens como «el lugar donde la realidad supera la capacidad imaginativa del más fantástico soñador». Tampoco es de extrañar, y llegamos a la chispa que, como editor, me llevó a escribir estas líneas, que fuese donde el célebre ‎bassianesi Aldo Manuzio se dedicase a la pesca. Pesca a la veneciana, claro está, que comprende hermosos ejemplares de Aristóteles y Platón, graciosos pececillos de Petrarca y otras obras hábilmente encuadernadas, todas con su logo de ancla y delfín, y el sabio lema Festina Lente (Apresúrate lentamente). Allí, Manuzio pescó el libro de hoy, el que tenéis en vuestra mesilla. Allí, Manuzio perfeccionó las técnicas de impresión, nos trajo la cursiva, el punto, el libro de bolsillo… Allí trabajó, y allí murió, como el padre del editor moderno, en la boca del Leviatán, devorado lentamente, con más idealismo que pragmatismo; como un soñador en una ciudad de soñadores, levantada para hundirse. Qué mejor lugar que ese para vivir.

Tú Batman y yo Superman

Dibujo de Juan Leiva

Con apenas veinte años, conocí al amigo David G. Panadero en las oficinas de la desaparecida Midons Editorial el verano del año 2000. Ambos, autores precoces, estábamos a punto de debutar publicando nuestro primer libro con ellos, el de David un muy recomendable y sesudo ensayo sobre la película Dark City, al que ya le había dedicado un fanzine el año anterior, y el mío, mucho más desenfadado y festivo, sobre el film de culto The Rocky Horror Picture Show.

     A la espera de ser recibido por Cristina Martínez, la editora de las colecciones de cine de Midons, David me explicó que justo acababa de entregar las galeradas de su libro en mano. Eran los albores de Internet en España y aunque casi todo el mundo ya tenía correo electrónico, este tipo de gestiones se continuaban haciendo en soporte físico. Justo por ese motivo, yo, siendo de Barcelona, me había desplazado a Madrid para que allí pudieran escanear el dibujo original que iba a ser la portada de mi publicación. Debido a que ni tenía un escáner de esas proporciones, ni se podían enviar archivos de ese tamaño por e-mail, tuve que viajar hasta la capital, ciudad en la que se encontraba la editorial. Por cierto, mis galeradas llegarían poco después, por correo ordinario, por supuesto.

     David, sin conocerme de nada, como buen Cicerone, esperó a que acabara mi reunión con Cristina, para interesarse por mi proyecto y mostrarme por primera vez una maravillosa ciudad que no he dejado de visitar desde entonces. Me acompañó, como es habitual en estos casos, a lugares típicos como la Puerta de Alcalá, el Kilometro Cero, el Oso y el Madroño o La Cibeles, pero mis lugares favoritos de su ruta fueron sin duda el monumento a Ángeles Rodríguez Hidalgo, la celebérrima Abuela Rockera, y el restaurante en el que hacían huevos fritos de avestruz, ambos situados en Vallecas y desconocidos para más de un oriundo de la zona.

     Vía telefónica y a través de algún correo electrónico —por teléfono fijo, en aquella época no era tan habitual tener móvil y apenas se había instaurado el uso del Messenger, precursor de Skype, para los más jóvenes—, continuamos la relación a distancia para recomendarnos películas raras —sí, en VHS, has deducido bien— y aconsejarnos sobre nuestros respectivos artículos en diversas revistas y webs. Cosa que continuamos haciendo, pero ahora utilizando métodos mucho más modernos.

     Parte de la buena relación que hemos mantenido desde entonces es debida a que, aunque nuestros gustos comunes son muy parecidos, no podríamos ser más diferentes. En palabras del propio David: «Es que tú eres más de Superman y yo de Batman de toda la vida.» Al menos los dos son de la misma editorial, DC Comics, y todo queda en casa.

     Aunque parezca que esta introducción no lleva a ningún sitio, al ser uno de mis mejores amigos, para mí es importante destacar a la persona por delante del autor, y David, como has podido comprobar en estas líneas, aunque es una persona muy ducha en diferentes campos de la cultura —como queda sobradamente reflejado en sus trabajos y en su trayectoria profesional—, ante todo es una persona amable, generosa y nada pedante. Una rara avis en este sector en el que muchos se creen superiores por conocer los nombres de tres o cuatro directores malditos, ver series de televisión en Netflix, grabar un podcast en su casa, o haber escrito en un par de blogs sobre el último videojuego de Nintendo. Por cierto, cuando le conocí tampoco existían los YouTubers… ¡qué tiempos aquellos! Y es que, hasta el momento, si querías publicar algo, debías hacerlo en papel.

     Abarcar su carrera como escritor, locutor y editor es harto complicado, pero no nos queda otra que intentarlo: entre muchas otras cosas ha sido editor de la revista cultural Pause, fundador y editor de la revista Prótesis: Publicación consagrada al crimen —que diez años después de su primer número continúa saliendo al mercado en la actualidad—, ha colaborado en las revistas publicadas por Alejo Cuervo para la editorial Gigamesh, ha sido editor de las colecciones policíacas de la editorial Versátil y la Factoría de Ideas, ha trabajado para Random House, y ha colaborado regularmente en programas de radio de emisoras como Radio Vallekas, Europa FM o la SER, para esta última, hablando semanalmente sobre género negro en el mítico programa, Hablar por Hablar.

     Como autor de ensayos de cine, al de Dark City: Mientras la ciudad duerme (Midons Editorial, 2000), le siguieron los siguientes títulos que tuve el placer de coescribir con él: Sam Rsimi: De la transgresión al neoclasicismo (Calamar Ediciones para el Festival Internacional de Cinema de Catalunya, 2004), Ed Wood: Platillos volantes y jerséis de angora (T&B Editores, 2005),  Tim Burton: Diario de un soñador (Ediciones Jaguar, 2005), del que se venden tres ediciones, y Tim Burton: Simios, murciélagos y jinetes sin cabeza (Diábolo Ediciones, 2016).

     En solitario, y utilizando un punto de vista mucho más personal, David escribe Terror en píldoras: Las películas episódicas de Terror (Grupo Kelton, 2010), dedicado a las películas de terror compuestas por pequeños episodios, y No me cuentes películas (Diábolo Ediciones, 2015), un ensayo cinematográfico que aúna el periodismo con la literatura a partes iguales, y que incluye entrevistas a los principales protagonistas de este sector.

     Ensayos y críticas de cine aparte, tras escribir unas cuantas historias cortas para varias publicaciones y antologías, Panadero publica su primera y deliciosa novela, Los viejos papeles (NGC Ficción, 2010), dedicada a uno de sus temas favoritos: los bolsilibros. Protagonizada por el joven periodista Arturo Iglesias y Mateo Duque —alias Matt Duke—, autor de un sinfín de novelas «de a duro».

     Los viejos papeles, reeditada recientemente por Editorial Cuadernos del Laberinto, nos lleva a su último trabajo de ficción y al motivo por el que se me ha encargado escribir este texto: Sesión Doble: Sin Contraseñas y El último vagón (Ediciones Vernacci, 2018), dos impactantes relatos urbanos que rozan lo biográfico, basados —como buen escritor que se precie— en experiencias personales que se alejan de la fantasía y toman como punto de partida especulaciones sobre el propio autor, que David utiliza como excusa para analizar los diferentes aspectos del entorno que le rodea.

     Y es que, como Batman o Daredevil, David G. Panadero —Bakerman— es un héroe urbano que, con lupa ceñida al ojo, escudriña los oscuros callejones de su Vallecas natal en busca de nuevo material para sus novelas. Será mejor que te andes con cuidado si no quieres ser el protagonista de su próximo relato…

 

Miguel Ángel Parra

@Darthparra

 

 

Doble sesión: Sin contraseñas – El último vagón

 

Tras la hiper-violenta Zombi y la fantasía desbordante de Reina en el mundo de las pesadillas, nuestros dos primeros títulos, tocaba adentrarse en territorios que estuvieron muy presentes durante la gestación de Ediciones Vernacci: la novela negra y el amor por el cine. David G. Panadero, periodista, escritor, y autor de varios ensayos sobre el séptimo arte, como Dark CityTim Burton: simios, murciélagos y jinetes sin cabeza, o Terror en píldoras. Las películas episódicas de terror, además de dirigir Prótesis, la «publicación consagrada al crimen» y la novela negra, es el encargado de abrir la veda.  Doble sesión: Sin contraseñas – El último vagón, es nuestro primer Puño gris, una novela (o colección de novelettes) que reúne lo mejor del género noir en dos historias de ritmos y colores desiguales, aunque emparentados por el mismo Madrid que vio crecer al autor.  Si alguien puede pintar de 35 mm el asfalto «vallekano» de los años ochenta y noventa, es él.

 

Trailer Doble sesión: Sin contraseñas – El último vagón

 

«Doble sesión: Sin contraseñas – El último vagón», génesis de un libro muy especial

 

 

Carlos Pérez Merinero, el hombre invisible

 

Carlos Pérez Merinero, en el rodaje de Rincones del paraíso.

 

Las mejores películas para los más mirones

   De entre las veintiuna películas —algunos cortos, capítulos de series y bastantes largometrajes— que Carlos Pérez Merinero escribió para la pequeña o la gran pantalla, todas fueron, y lo dejó bien claro cuando se sentó tras la cámara en Rincones del paraíso (1997), «películas para mirones», empezando por él, que aspiraba a ser uno más, un hombre invisible, acaso un guionista de la Hammer al que no le faltara nunca el trabajo. En ese trabajo aceptaría encargos de mediano y bajo presupuesto, siempre y cuando le respaldaran profesionales competentes. Pongamos media docena de películas al año ejecutadas —donde no faltaran las buenas ejecuciones, se entiende— con oficio y salero.

   Pero eso en España es complicado. Lo era cada vez más. En 1991 consigue Nominaciones a los Goya por Amantes, dirigida por Vicente Aranda y producida por Pedro Costa; anteriormente sus novelas se habían vendido por miles, y, de golpe y porrazo, su momento había pasado. Pero él siguió haciendo manos. No dejó de escribir hasta el último día, cumpliendo un horario casi de oficina…

   Volvamos a sus películas: hace no muchos volví a disfrutar El crimen de la calle Fuencarral (1985), dirigida por Angelino Fons y producida por Pedro Costa para TVE dentro de la mítica serie La huella del crimen. Observé que, en menos de una hora, esta compacta obra maestra ofrece lo más y mejor del merinerismo: pasión por la mirada, humor, voces de la calle, espontaneidad, folklore, y, ante todo, una recreación muy personal de los hechos.

   Carlos me dijo en diferentes entrevistas que mantuvimos (podéis encontrar una de ellas en Youtube) que el crimen es de por sí siempre trivial, por eso la labor del escritor consiste en encontrar un punto de vista sobre el que construir la narración, darle un interés más allá del morbo fácil. Carlos despreciaba incluso la documentación como tal. Reivindicaba la intuición, la creatividad, el esfuerzo por ponerse en el lugar de los personajes e idear tramas convincentes, fuertes, que funcionen bien, aunque sean falsas. Eso es lo de menos. Y aquí encontró la solución en esa pareja de amigos compuesta por Francisco Nieva y Luis Escobar, burgueses que pasean indolentes por el Retiro, por cabarets, burdeles selectos, cafeterías… Siempre como observadores despreocupados, de inteligencia y verbo fácil, como réplicas de género chico de Holmes y Watson, que van punteando y comentando los avatares del caso, aportando una musicalidad castiza, acercándonos la voz de la calle.

   Los imperativos de producción quisieron llevar esta vez a Carlos a 1888, precisamente cuando Conan Doyle había estrenado su Estudio en Escarlata, cuyos personajes ejercen una influencia notable… Pero Carlos, que salvo ocasiones —La mano armada, Caras conocidas— planteaba sus argumentos “aquí y ahora”, sabe arrimar el ascua a su sardina y se queda con el aspecto más bohemio e indolente de los investigadores, el más afín a sus personajes, siempre sensibles y hedonistas, más predispuestos al crimen que a la búsqueda de soluciones. En cualquier caso, y ante la duda, nos quedamos en El crimen de la calle Fuencarral como una invitación a seguir mirando… ¡Y ponernos hasta las pestañas de buen cine!

David G. Panadero

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