Bajo el suelo, la bestia hambrienta, invisible la mayor parte del tiempo,
arrolladora cuando se deja ver…

Frank Herbert empezó a escribir muy pronto, cuando todavía era niño. Hijo de un biólogo y una jipi, tenía la materia híbrida necesaria para interpretar, reinterpretar e incluso crucificar el escenario que se había encontrado al nacer. Un escenario que, para alguien de su percepción, iba necesariamente más allá de su Tacoma natal.

    Algo no iba bien en el mundo, debía pensar mientras daba los primeros pasos sobre el papel. Bastantes años después, cuando ejercía de cámara de televisión, analista o pescador de ostras, el tenaz desajuste continuó rondándole. Algo no iba bien. ¿Sería la desertización del planeta? ¿La avaricia organizada del ser humano por los recursos? ¿El mesianismo exacerbado y peligroso de algunas religiones? Algo no iba bien y Herbert continuó buscando. A su primer relato profesional le siguió una primera novela, El dragón en el mar (1956) y, por fin, nueve años después, su obra más importante, Dune, una macroficción llena de imágenes y derroteros audaces, detallados con minuciosa coherencia y cargados de un significado lo suficientemente potente para sobrevivirle.

“Cuando religión y política viajan siempre en el mismo carro, los viajeros piensan que nada podrá detenerles en su camino… Sus movimientos se vuelven acelerados… cada vez más rápidos. Dejan a un lado los obstáculos y no piensan que un precipicio se descubre siempre demasiado tarde”

Frank Herbert

     Este clásico de la ciencia ficción toma como principal escenario un planeta desértico, Arrakis, lugar donde varias familias plantan sus escudos heráldicos y luchan sin piedad por la obtención de la  especia melange, un valioso potenciador natural con múltiples y deseadas (y necesarias) aplicaciones en el universo conocido. Paul-Muad’Dib, heredero de la casa Atreides, terminará convirtiéndose en el Kwisatz Haderach, una suerte de mesías mejorado genéticamente por la hermandad Bene Gesserit, que traerá el equilibrio a la locura avariciosa que sacude el planeta. Bajo el suelo, la bestia hambrienta, invisible la mayor parte del tiempo, arrolladora cuando se deja ver: el gusano, origen de la especia, de la avaricia, verdadero protagonista de la tragedia y fuerza definitiva que da por finalizada la (toda) obra. ¿Estaba usted buscando algo? ¿Ha encontrado algo? Si analizamos la última etapa en la vida de Frank Herbert, felizmente recluido con su familia en una granja ecológica donde todo rezumaba una perfecta armonía con la naturaleza, podríamos decir que sí.

     El poder de Dune, más allá del Hugo, del Nébula o del gran interés que suscita entre lectores del mundo entero, pasa por la concienciación de una realidad que tiende a dejarse de lado. Como individuos y sociedad, convivimos con el gusano que algún día cerrará nuestra propia historia; de nosotros depende que ese final nos sorprenda sumidos en la locura de la avaricia o, como el buen Herbert, buscando algo mejor.