Vender libros no es tarea fácil, quizá porque comprarlos tampoco es un camino de rosas.  El dinero, pese a las encantadoras teorías del economista Christian Felber, no es un bien común. ¿Cómo vender entonces un artículo relativamente prescindible como un libro de papel? ¿Cómo despertar el interés de alguien para que decida dar una oportunidad a uno de esos viejos objetos que no pueden conectarse a un puerto USB y que tanta guerra dan en las mudanzas? Dudo mucho que nadie tenga una respuesta definitiva, ni un plan de acción efectivo que vaya más allá del manido ensayo y error. Pero es un hecho que los libros (de papel) se siguen vendiendo —mejor, peor o mucho peor—, y que algunos hasta logran bastante éxito, lo que en un mundo como éste, dominado por la inmediatez virtual, no deja de ser una señal de su calado como vehículo de entretenimiento y, para qué negarlo, como icono popular y estético. En cualquier caso, es deber de las editoriales recompensar el interés de sus lectores, su inversión, ofreciéndo buenas historias y cuidándolas todo lo posible (y nunca será suficiente). En Ediciones Vernacci queremos recompensar vuestro interés con una selección de títulos llena de clásicos descatalogados, obras de culto que piden a gritos una segunda oportunidad y otras que dan su primer paso, pero también, si revisáis atentamente sus páginas, podréis encontrar globos, puños y naves alienígenas. Seis ejemplares de cada edición numerada tendrán estas marcas. Mirad bien cada página; si encontráis un globo tendréis derecho a un ejemplar de regalo de cualquier otro título (de cualquier línea y precio); si dais con un puño (en cualquier título de la línea Puño sucio y Puño gris) o con una nave alienígena (dentro de la línea Nibiru), recibiréis de regalo una chapa de la línea en cuestión y un poster y una taza de la obra donde se dejó encontrar. Nuestros primeros libros, Zombi y Reina en el mundo de las pesadillas, ya vienen preparados para jugar, pero ¿qué valor tiene todo esto comparado con la experiencia de leerlos?