Vergessen Grab es Jezabel

 

Mucho se ha hablado de la visceralidad de Zombi, la novela de Juan Díaz Olmedo. Autoproclamada como la novela inaugural del bizarre noir, desde sus páginas propone el exceso en argumento y detalles, así como el barroquismo en la ambientación como principales emblemas.

La gráfica y detallada descripción de sus peleas, la casi continua invitación a la arcada, la asumida desesperación de Jezabel y el resto de la Cofradía, el deterioro casi ruinoso de las zonas de la ciudad que frecuentan… Los personajes se golpean por algo de dinero, porque saben que van a morir, que ya han muerto. Esas peleas llegan a la Deep Web, a buenos pagadores que necesitan sentirse vivos a costa del dolor ajeno. Tanto los que golpean como los que miran ensalzan esta ultra-violencia como la manifestación suprema y definitiva de la vida, una vida desahuciada en que ya escupió hace tiempo un «segundos fuera».

Juan Díaz Olmedo no necesita excusas filosóficas o antropológicas para orquestar este espectáculo extremo. Simplemente lo conduce con naturalidad, mirando a sus personajes a los ojos, con una soltura que desarma. A mi juicio, éste es el mayor atrevimiento de Juan; compartir algo con nosotros como si lo acabara de oír en un bar, o como si lo hubiera visto y “disfrutado”, utilizando herramientas de gran precisión y que transmiten cierta diversión insana por parte del narrador.

Porque es la cercanía de esta novela lo que más impresiona. Está ambientada en una ciudad anónima —aunque si el lector conoce el sur de España no tardará en descubrir el nombre de la urbe—, maltratada por la crisis, centrada en polígonos vacíos, discotecas abandonadas… Un escenario ideal para el cortejo esperpéntico de enfermos terminales y drogo-dependientes que la trama paseará delante de nuestros ojos. Sólo hace falta que forcemos un poco la imaginación, que pensemos en lo que pasa en nuestras calles mientras dormimos, para poder anticiparnos al sabor que destila esta novela.

Más de uno tachará a Juan Díaz Olmedo de sensacionalista, y la verdad es que no se me ocurre mejor adjetivo. Porque, página a página, con gran cuidado, con eficacia, nos transmite las sensaciones de Jezabel,  sin coartadas teóricas ni trucos que conjuren la emoción. Se teniente en ella, en lo que ve, en lo que siente, descrito con  empeño galdosiano.

Mi consejo es que empiecen a leer Zombi antes de que el árbitro todopoderoso, el de verdad, os sorprenda con un «Segundos fuera».

 

David G. Panadero